Hasta no hace mucho se podía reutilizar un texto escrito para la prensa gráfica y republicarlo en la web de una manera mas o menos decorosa: sólo era cuestión de copiar y pegar, “adornarlo” con imágenes, alguna que otra infografía o mapa… agregarle los enlaces de rigor (que la mayoría de las veces aportaban poco y nada a la profundización del relato en cuestión) y ¡ya considerábamos que teníamos un contenido “digital”!.

Pero el desarrollo de tecnologías innovadoras como la interfaz API, los feed, y el html5 sumados al aumento de la conectividad y la masificación de los teléfonos celulares, terminaron para siempre con la posibilidad de ser exitosos “adaptando” o “interviniendo” un contenido que fue creado (y pensado) para papel y luego republicado en internet.

Hoy, las audiencias alfabetizadas en los nuevos lenguajes tecnológicos -redes sociales de por medio-, exigen a los medios periodísticos contenidos digitales “nativos”. Es decir pensados con, de, por y para los medios digitales. Y esta nueva manera de hacer las cosas (basadas en las nuevas prácticas de recepción e interacción), está dando vuelta el tradicional concepto de periodismo y, quizás, también el de medios de comunicación.

Vivimos en y con las pantallas. Cada vez menos en la computadora de escritorio y las tabletas y más en el celular. Cada vez más ubicuos, más conectados -no importa dónde, ni cuándo-. Cada vez más multimedia y más robotizados. Atravesados por algoritmos.

El texto escrito fue perdiendo supremacía ante el avance de los contenidos audiovisuales, automatizados e interconectados.

Hoy es imposible pensar el periodismo fuera de la multimedialidad, el tiempo real y la interacción con audiencias cada vez mas colaborativas. Animados por Periscope, Facebook Live, y cientos de aplicaciones de gestión y edición de contenidos para celulares, asistimos a la emergencia de un “periodismo móvil” y en tiempo real que nos exige no sólo innovación, sino volver a pensar los contenidos y los géneros periodísticos.

Es la distribución, estúpido

El Reporte “Digital News Report 2016” del Reuters Institute for Study of Journalism señala en sus conclusiones que las redes sociales son consideradas por el público como “la mejor forma de acceder a las noticias. La mitad de la muestra (51%) señaló que acceden a las noticias a través de las redes y no ingresando a la página web del diario. Alrededor de uno de cada diez (12%) dicen que es su principal fuente de acceso a las noticias. Consideran que Facebook es, por lejos, la red más importante para encontrar, leer / ver, y compartir noticias”.

En otras palabras: Facebook y otras redes sociales se están convirtiendo en los grandes distribuidores de noticias. Noticias que, muchas veces, son leídas por los usuarios sin recordar el sitio web o diario que las publicó. “Lo leí en Facebook”, dicen.

O sea, hay un acceso individual a “esta” noticia, no al medio como un todo. En el modelo analógico accedíamos al diario y luego a las noticias. Ahora, es a la inversa: son las noticias en forma unitaria las que nos llevan (o no) al medio.

Esta nueva forma de consumo obliga a los periodistas a pensar ya no sólo en el  hecho noticiable y en el modo de contarlo, sino en las estrategias de distribución que hagan que esa noticia sea leída y compartida. Porque en esta época de saturación informativa el mero hecho de publicarla no nos garantiza la lectura.

En otras palabras, si antes la vida de la noticia se agotaba en la publicación (el viejo dicho de las redacciones “no hay nada mas viejo que el diario de ayer”), hoy la publicación marca apenas el comienzo de su recorrido. Un periplo que será más o menos exitoso según la forma (y el lenguaje) en el que se decida viralizarla.

Pensar qué aspecto de la noticia tomar y qué formato (gif, imagens, micro video) adoptar para subirla a las redes, así como en qué momento hacerlo, son decisiones que forman parte de una estrategia que va más allá del mero contenido periodístico, pero que forma parte de él como un combo inseparable.

Tweets, y posteos de Instagram o Facebook dejan rastros suficientes para el armado de una nueva arqueología narrativa.

Paradógicamente, quienes más claro tienen este aspecto crucial de la comunicación digital no son los periodistas ni los medios de comunicación, sino algunos museos y centros culturales de Europa y Estados Unidos que a través de sus MediaLab exploran la potencia de los microrelatos como nuevos géneros, propios de las redes sociales; apuntando a públicos específicos y dando ejemplos que el periodismo podría tomar.

En definitiva, todo un campo que seguiremos explorando. Continuará.

 

«Framentos», de Marcos Prior.

Basado en la conferencia «Mi experiencia en la comunicación cultural» de Ernesto Castro.